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Conflicto en Siria

Febrero, semestre de primavera del año dos mil, abro la puerta del salón de clases que me corresponde para empezar el primer peldaño en la intención de retomar mis estudios universitarios -irse de la casa paterna prematuramente puede significar retardar cierto tipo de metas- pero con tesón y algo de suerte estas van llegando.  Me asomo por la puerta de uno de los salones en el tercer piso del único edificio del campus universitario. Mi primera sensación evoca profundamente el sabor de la interculturalidad.  Un fuerte aroma a curry inunda el lado más sensible del hemisferio de mi cerebro encargado de descifrar impresiones como el olor, el sabor, el calor o el frío. Me doy cuenta que se abre frente a mí un mundo diverso sin tener que viajar a muchas partes.  En un espacio cuadrado, con pupitres y tablero iba a tener el gusto de conocer lo que había más allá. Lugares que solo veía en el mapa como Ghana, Marruecos, Somalia, Mauritania en África, China, Vietnam, Corea, Grecia y Siria vienen a mí en forma de estudiantes que buscan a veces lo mismo que yo.  

Mi primer amigo en este salón de clase es sirio. Él, muy joven todavía, empieza su carrera, está interesado en prepararse para batallar y disfrutar el mundo financiero, yo, insisto en seguir por los trechos de la geografía y la sociología. 

Además de ser distintos en nuestros intereses académicos e intelectuales nos separan unos cuantos años, por supuesto yo le llevo la delantera en ese sentido. Los cimientos de nuestra amistad se funden en esas diferencias, nuestra lengua materna, costumbres, nuestras formas de interpretar el momento histórico- comienzos de un nuevo siglo con un presidente republicano al mando del país que en ese y en cualquier época determinaran el orden o el caos del mundo en cuanto a la Paz en el  sentido más amplio se refiere. 

Mi amigo sirio es algo tímido o de repente no tiene los dotes latinos del desparpajo tropical que se adquiere cuando  tu primera bocanada de oxígeno al nacer proviene de la cercanía a la línea del Ecuador, una suerte de comodín que sacas cuando de relacionarse se trata, una calidez  no solo por el prójimo sino también por el ser más próximo en tu salón de clase.  Es nuestro primer día en el college, sin saberlo para los dos, en un país ajeno, estamos los dos, frente a un tablero con una profesora china que habla un perfecto inglés luego de conquistar y buscarse un lugar en la capital política de Estados Unidos, la amable ciudad de Washington D.C.

Mi amistad con Inah Rattar,  se da poco a poco, con frecuencia nos dividen por grupos y no es fácil maniobrar las situaciones para tenerlo en mi grupo desde un principio, para lograrlo me demoro unas cuantas clases más…

Finalmente, estamos trabajando literalmente codo a codo, con lápiz y papel. La profesora no deja usar tinta para que podamos borrar con confianza los errores. Él acepta  la invitación ya que su grupo lo componen solo dos personas, Inah y un amigo de Mauritania llamado Hussein.  Así que nuestro colectivo de estudios se amplía y todos felices. La primera imagen que veo en el cuaderno de gramática inglesa de mi amigo sirio es una foto que cubre toda la portada interior. La foto es del presidente de Siria, Hafez Al-Assad (1971-2000), por el partido Baath Árabe Socialista.  Me quedo intrigada, pienso que es un tío quién tuvo sus días de gloria en el ejército de su país. Pero mi amigo sirio se encarga de revelarme el significado de esa fotografía.  Me parece un poco distinto su sentimiento al que yo guardaría por un presidente colombiano, pues no se me ocurriría llevarlo en mis cuadernos de clase, pero no reparo más de la cuenta.  No pienso que esa fotografía es la imagen del padre del hoy presidente sirio quien a pesar del clamor no solo de un pueblo sino de gran parte del mundo, no quiere dar un paso al lado y ceder su posición a otros. No imagino que el hijo de ese señor en ese retrato a todo color iba a ser el actor principal de uno de los conflictos más sangrientos en la vida moderna del siglo veintiuno.  Tampoco pienso que esa figura ha cometido asesinatos y masacres en territorio sirio durante su larga permanencia en el poder del que solo se separa cuando la muerte lo obliga.  Las sinapsis que hacen las neuronas de mi cerebro, se quedan cortas al no darme la menor pista en ese momento y en otros que tengo la oportunidad de ver esa fotografía en ese mismo y otros cuadernos, que me indique que esos rasgos algo estarían en la prensa del mundo entero como fuente central de un conflicto bélico de gran intensidad, una década más tarde.

El conflicto sirio, comienza como una de las olas que le siguen a la gran ola de la Primavera Árabe, como se le conoce al conjunto de levantamientos populares, inicialmente no violentos que se dan en la historia reciente de Oriente Medio.  Solo que esta vez, la gran ola se detiene y forma algo así como un maremoto tectónico en Siria y no trae los aires renovados y verdes que lleva a países como Egipto y Túnez a un nuevo orden democrático.  Si bien, no es la completa primavera, es al menos un comienzo de los primeros brotes de nuevas alternancias en el poder y de principios democráticos que se irán ordenando y acomodando con la madurez que trae el tiempo y seguramente la inteligencia creativa de sus gentes.

La Guerra que se vive en Siria desde enero del 2011 al parecer retrocede el tiempo, cosa que los mortales pensamos imposible. Al parecer, volvemos al periodo de la Guerra Fría, o de pronto nunca hemos salido de este.  De repente, el mundo político, y por lo tanto el geográfico, siguen divididos en dos, dos grandes que se disputan las glorias de la omnipotencia.  El mundo geográfico, el físico también, pues las guerras nos alejan, nos dividen, nos aíslan. Mi amigo sirio, Inah,  no ha podido regresar a ver a sus  familiares atrapados en la destrucción y masacre de su ciudad, Damasco.   

Cuando pensábamos que las fotos en los medios de comunicación, de niños mutilados, de aldeas arrasadas decrecían a medida que el conflicto en Iraq y Afganistán, fuese de alguna manera cediendo: falsas ilusiones.  Más imágenes de guerra por las cadenas de televisión y los periódicos, provienen ahora de un país árabe donde no se quiere dar paso a la democracia.  Bashar Al-Assad presidente de Siria desde el año 2000, pocos meses después que su padre muriera, reina bajo los principios del Partido del Renacimiento Árabe, que a su vez se alimenta de la doctrina del Panarabismo, ideología política del nacionalismo árabe, que gobernó a Iraq también hasta la invasión de Estados Unidos e Inglaterra a ese país. 

Desde que comienza el conflicto sirio en enero de 2011, se contabilizan más de setenta mil muertos, un millón de refugiados[1]y pocas esperanzas de un cese al fuego. Al contrario, la polarización no solo interna del conflicto sino de los gobiernos externos que apoyan el régimen del presidente Bashar Al-Assad y los que respaldan económica y políticamente a los llamados rebeldes, escala cada día el tono del enfrentamiento. Hoy, domingo 17 de  marzo han muerto ochenta personas en Damasco y en otras partes de Siria. Países como Rusia e Irán apoyan el gobierno actual, Estados Unidos respalda la contraparte e internamente el conflicto adquiere cada vez más tintes religiosos y étnicos entre chiitas y sunitas, alejándose cada vez más de un acuerdo.  Por otro lado, las Naciones Unidas han tomado medidas, como por ejemplo, el envío de la Misión de Supervisión para el cese al fuego, sin ningún resultado.

Varias preguntas quedan en el aire, ¿qué pasa durante todas estas décadas de aparente paz mientras el gobierno del partido nacionalista ejerce el control?, ¿qué pasa con sunitas y chiitas que ahora se enfrentan a muerte?. Acaso lo que habitaba era una paz mal entendida, una paz negativa, un caldo de cultivo que explota con las primeras chispas de las revueltas de un pueblo que se quiere liberar de una tiranía de tanto tiempo.

¿Qué nos espera cuando organismos neutrales intentan velar por la paz entre y dentro de las naciones como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que ha intervenido en esta masacre sin ningún fruto hasta el momento? ¿Estamos de frente a  otro Ruanda, pero con otras armas, no con machetes sino con armamento pesado financiado por unos y otros fuera de las fronteras del país en Guerra? Un Ruanda aún más tortuoso ya que se extiende y de qué manera en el tiempo como lo hacen las machas de sangre en el mar...

¿Qué esperanza existe cuando entidades, asociaciones, organismos internacionales con tratados vigentes no pueden mediar en un conflicto debido principalmente a la intensidad y al nivel de violencia del mismo? Seguirá la mancha roja esparciéndose como estela por la tierra…

Y por último, me pregunto, ¿qué siente Inah, mi amigo sirio?, ¿tendrá aún esos cuadernos con nuestros garabatos, nuestras tareas de gramática inglesa y la foto descolorida de un villano que en su imaginario es en algún momento un héroe?

Quizás, la única respuesta sin pregunta es la preservación intacta de nuestra amistad.