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Conga ¿va o no va?

Ante una situación de conflicto en proceso de escalada que ha cruzado varios umbrales de polarización, las perspectivas y las posiciones que ellas expresan se vuelven cada vez más reduccionistas y como consecuencia cada vez menos constructivas. El conflicto así entra en una espiral de interacción hostil, se vuelve cada vez más complejo en términos de la cantidad y roles de los actores involucrados, los escenarios de la confrontación, de los asuntos en disputa, así como del despliegue de las estrategias para neutralizar, controlar o someter a la otra parte a fin de imponer una ”solución” unilateral.

En esta dinámica las interacciones sociales se vuelven cada vez más disfuncionales y confusas, y el conflicto cobra dimensiones de batalla épica y mística, donde los buenos están de mi lado y lo malos de ellos. Por eso las partes, y quienes se identifican con ellas, plantean el “lenguaje del conflicto” en términos de “si no estás conmigo estás contra mi”. La intransigencia se instala como forma de afirmación de las propias miradas y encuentra justificaciones morales. En el caso de Conga se exigen respuestas y tomar posiciones planteadas como un “va” o “no va”. Para lo único que esto puede servir es para establecer las condiciones de las mutuas acusaciones. Ante esta aparente disyuntiva, todo el que dice que “va” es acusado de estar en contra del medio ambiente, de sólo estar interesado en su beneficio económico y más bien estar a favor del abuso de los derechos de las comunidades por parte de las empresas transnacionales. De otro lado, todo el que dice que “no va” es acusado de ser un extremista que no quiere el desarrollo del país, de no respetar el Estado de Derecho y de tener como agenda oculta intereses políticos ilegitimos que buscan generar el caos como parte de una conspiración de alcances internacionales. El conflicto se vuelve una caricatura simplista de problemas más profundos y complejos, más allá que algunos de los actores del conflicto, de uno y otro lado, parecieran esforzarse por encarnar esta caricatura.

Se exigen “definiciones” que no son otra cosa que buscar imponer sobre los demás los propios argumentos. Todo se mira únicamente desde el cristal de los propios intereses, donde los del otro no parecen tener ninguna validez. La democracia y los valores que encarna como sistema político de convivencia social (tolerancia, solución pacífica de las diferencias, diálogo, búsqueda de consensos sociales y políticos) se vacía de contenido en la práctica. Incluso en nombre de la democracia uno y otro lado alimentan una polarización que no busca construir con la otra parte sino destruirla. Los actores, y las personas que presencian este proceso, afianzan sus identidades sobre estas narrativas del conflicto y el lugar en el que se ubican respecto de él. Los medios de comunicación amplifican estas narrativas, cuando no directamente las alimentan, sin medir las consecuencias asumiendo que no tienen responsabilidad alguna en ello.

En este contexto, el conflicto se vuelve en un factor que afirma, evidencia y configura identidades. El “otro” se convierte en una suerte de espejo de quien no quiero ser, de aquello que desprecio, y por tanto no lo reconozco. Mientras más “cosifico” al otro, es decir lo convierto en un objeto antes que sujeto, más fácil y éticamente justificable será el agredirlo, porque le he quitado todos los elementos que lo constituyen como ser humano. Los matices se pierden, y entre quienes observan con preocupación se genera una ansiedad creciente por saber quien tiene la razón, total se supone que alguien la debe tener ¿no? Cualquier incertidumbre mientras más escala el conflicto más difícil de sostener se vuelve porque interpela identidades. Es precisamente en estos momentos de crisis en el proceso conflictivo donde la razón se vuelve frágil. La aparición de lo inconsciente, que por definición es irracional o fuera del control de la razón, se hace cada vez más fuerte. Los miedos y las agresiones profundas que anidan en el ser humano se despiertan con consecuencias imprevisibles. El clima se vuelve enrarecido y se llega a un punto que no se sabe bien cómo empezó todo, y tenemos entonces que buscar explicaciones y soluciones simples ante la angustia de la imposibilidad de contención de lo despertado. Alguien tiene que ser culpable. Y si alguien no coincide conmigo y no está dispuesto a señalar en la misma dirección en la que yo apunto, entonces será que es de los culpables o cómplice de éstos.

Vista así las cosas en nuestro cada vez más estrecho marco de percepción de la realidad, se pierde consciencia de la interdependencia sistémica de las relaciones sociales, de su complejidad y natural tensión y conflicto (no como sinónimo de violencia) como parte de un proceso de permanente cambio. Se pierde consciencia que el sentido de los cambios se produce a partir de la comunicación que se da en la interacción de los vínculos sociales. Si la calidad de la comunicación es buena a través del diálogo genuino, lo será la posibilidad de colaboración y de construcción de nuevas narrativas comunes, y por tanto nuevas realidades sociales, aprovechando así el conflicto como una oportunidad de cambio constructivo. No es una tarea fácil, pero es la esencia del desafío democrático en un mundo cada vez más pequeño y con cada vez más problemas comunes y compartidos.

Esa es la mirada desde el enfoque de transformación de conflictos. Toma partido sí, pero partido por un tipo de proceso de cambio. No partido por la agenda de una de las partes en conflicto. Partido por asumir el conflicto como un síntoma (episodio) de una desencuentro producido al interior de un sistema de relaciones sociales (epicentro) en distintas dimensiones o niveles. Estas dimensiones son como las capas de una cebolla que se afecta, influyen y condicionan mutuamente. Se plantea así que los conflictos sociales tienen raíces profundas, impacta y cuestiona la identidad, los valores, los patrones de comunicación y el poder subyacente en las relaciones humanas. Estos factores se expresan en estas distintas dimensiones: estructural (distribución de recursos económicos, roles sociales, normas legales, mecanismos institucionales), cultural (prácticas, valores, creencias y cosmovisiones), relacionales (confianza, comunicación, poder, historia de los vínculos) y personales (motivaciones, expectativas, intereses y necesidades).

A la luz de esta perspectiva, lo que está en juego en este conflicto es mucho más que un proyecto extractivo en particular. Si queremos buscar salidas democráticas (pacíficas y dialogadas) en el caso Conga es necesario evitar entrampar el lenguaje del conflicto en la disyuntiva de “va o no va”. Este tipo de posicionamiento plantado fuera del marco de un proceso de comunicación constructiva a través de una plataforma de diálogo en condiciones adecuadas, sólo puede llevar tarde o temprano a la exacerbación del conflicto hasta umbrales no deseados de violencia y de potenciales rupturas sociales cada vez más sistémicas. En ese sentido, y sin desconocer los intereses legítimos de todas las partes involucradas (comunidad, estado y empresa) en este caso, el desafío fundamental desde una perspectiva de transformación de conflictos y construcción de la paz es reconocer los problemas de fondo que este conflicto está expresando y buscar convertir esta situación en una oportunidad para generar cambios constructivos en el camino de ir promoviendo una sociedad con mayores niveles de paz estructural, paz cultural y paz directa. Entendiendo la paz no como una estática social en nombre de la cual debe mantenerse el status quo, sino como un proceso activo en constante movimiento en busca del equilibrio armónico y siempre provisional de fuerzas generando así una energía social para ese cambio constructivo.

En este caso, esto se debe traducir en el impulso de un proceso que rompa el lenguaje del conflicto en todos los sectores, cada quien asumiendo su responsabilidad en lo que le toca, y desplegando esfuerzos conjuntos para que este sea un ejemplo de cómo construir soluciones en el marco de un proceso de diálogo genuino y negociación donde: se produzca el reconocimientos de las inquietudes y aspiraciones legítimas de las partes, se mejore la comunicación y, se construyan salidas creativas a la disputa a partir de tomar en cuenta tanto aspectos culturales como técnicos, en base a criterios objetivos mutuamente aceptados. A partir de ello será fundamental poner en agenda pública, en el marco de un diálogo nacional más amplio, temas sobre los que son necesarios de ir acercando y construyendo consensos mínimos: visiones sobre los modelos de desarrollo en el mediano y largo plazo, rol de la actividad minera y su relación con los recursos naturales, la responsabilidad social y ambiental, el ordenamiento territorial y la zonificación económica y ecológica, los procesos de EIA, la fiscalización ambiental, la consulta, la minería informal, entre otros.

En suma, se tienen que producir cambios en las personas directamente involucradas en el conflicto, en las deterioradas relaciones de desconfianza entre las partes, en las causas estructurales que subyacen al conflicto, y en las formas en que se ha estado afrontando las diferencias en torno a la minería y los recursos naturales. De no ser así el impacto en lo social, económico, institucional y ambiental de esta creciente polarización tendrá consecuencias imprevisibles. Por eso la apuesta debiera ser que "el diálogo va", pero un diálogo de verdad y en condiciones adecuadas.

(*)Consultor asociado y Director Ejecutivo de ProDiálogo, Prevención y Resolución de Conflictos. Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú, Master en Resolución de Conflictos por la University of Missouri-Columbia (EE.UU) y postgrado en Derecho Internacional de los Derechos Humanos por el Raoul Wallenberg Institute on Human Rights de Lund (Suecia). Docente de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), Escuela de Liderazgo de la Universidad del Pacífico y el Centro de Altos Estudio Nacionales (CAEN).