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Diálogo y transformación de conflictos


Que el diálogo es el mejor camino para solucionar los conflictos es una idea que escuchamos casi como un sentido común en los medios de comunicación, los actores sociales y la opinión pública en general. Desde la perspectiva del campo académico y profesional de la prevención y transformación de conflictos es importante el posicionamiento del diálogo en el discurso público. Sin embargo, algo no debe estar funcionando si desde todos los sectores se clama por el diálogo pero a pesar de ello hay un creciente clima de polarización y conflictividad destructiva.

Muchas veces vemos que las llamadas Mesas de Diálogo son en realidad espacios de negociación política confrontacional para la gestión de crisis. En esos contextos, sin las condiciones y las capacidades adecuadas, difícilmente se pueden construir procesos que sean realmente de diálogo. Por otro lado, observamos cómo los llamados al diálogo parecen carecer de contenido sustantivo cuando vienen precedidos de gestos poco constructivos que en lugar de tender puentes que acerquen a las partes, los alejan aún más. Los actores parecen con demasiada frecuencia más interesados en señalar a los supuestos culpables de no dialogar, que en hacer esfuerzos concretos para promover el diálogo. Estas dinámicas minan y desprestigian peligrosamente el diálogo como vía democrática y pacífica para abordar con efectividad la complejidad de los problemas y conflictos sociales.

Por ello, es necesario advertir y hacer hincapié que es sólo en la práctica concreta que el diálogo puede adquirir su plena dimensión y sentido como valor social, herramienta, actitud y proceso comunicativo. Es sólo en la práctica constante, sistemática, permanente y metodológicamente gestionada, sobre la base de condiciones adecuadas, que podremos construir una cultura del diálogo que de frutos de paz social.

Para emprender esta complicada tarea, es conveniente partir de un entendimiento de los propios conflictos como fenómeno social. Solemos asociar los conflictos con las consecuencias destructivas que eventualmente pueden desencadenar, en términos de costos económicos y personales, cuando las tensiones han escalado a situaciones de crisis y violencia. Esta visión nos genera intranquilidad e impulsa hacia respuestas reactivas, y por ello inadecuadas, cuando no a la parálisis y la evasión de los problemas.  El enfoque de Transformación de Conflictos tiene como premisa que los conflictos son parte natural y esperable de la realidad social, en tanto en ella coexisten diversas experiencias particulares del mundo (motivaciones, cosmovisiones, intereses, necesidades, afectos, valores, miradas y expectativas) que luchan por ser reconocidas y que, al no ser todas convergentes, generarán tensiones. Por ello, una sociedad diversa y en proceso de cambios acelerados como la peruana, expresará sus desencuentros de base a través de los conflictos que en ella se desencadenen. En ese sentido, los conflictos no son ni buenos ni malos, sino que pueden representar una situación potencial de peligro tanto como una oportunidad para lograr condiciones más justas de convivencia social. La cuestión es cómo los abordamos y qué aprendemos de ellos, aprovechando la energía que encierran como motor del cambio.

A la luz de tal enfoque, la finalidad del diálogo no es entonces suprimir la existencia de conflictos, sino dejar que se expresen en una marco que permita prevenir o, en su caso, reducir sus manifestaciones destructivas y articular los factores que lo están movilizando en una dirección constructiva. De esta manera podremos transformar un conflicto en una oportunidad de cambio positivo. Es desde esta perspectiva que los procesos de diálogo cobran sentido, en la medida en que buscan: generar un espacio de distensión y mutuo reconocimiento entre las partes, acortando las brechas de desconfianza; propiciar una comunicación constructiva que fomente el entendimiento mutuo de los diversos puntos de vista entorno a problemas compartidos; y, promover soluciones colaborativas mediante la construcción de consensos.

Por otro lado, los procesos de diálogo, sobre todo aquellos destinados al abordaje de conflictos que han escalado a crisis (como el caso de Conga y Espinar),  requieren de toda una planificación metodológica, así como de una serie de condiciones de base entre las que podemos destacar: la voluntad, compromiso y participación de todas las partes involucradas en el conflicto, más allá de los aspectos formales del mismo y las diferencias en las posiciones de inicio; la presencia de interlocutores representativos y legitimados de las partes; actores preparados para el proceso y con capacidades desarrolladas para el diálogo y la negociación colaborativa; asesoría de las partes respecto de los temas de fondo; asistencia técnica al proceso; planificación participativa definiéndose agendas y reglas del proceso; facilitación del proceso por terceros imparciales; y, soporte institucional para atender los aspectos logísticos, entre otros.

El diálogo es ante todo escuchar, antes de ser escuchado. No puede ser un mecanismo burocratizado que asfixie la creatividad y el necesario ambiente de confianza. Por su propia naturaleza, el diálogo tiene que ser flexible. Sin un compromiso real de los actores involucrados o si se carece de una adecuada planificación, estos procesos pueden ser instrumentalizados para imponer agendas unilaterales --de uno y otro lado-- desvirtuado su naturaleza, agudizando más la frustración social existente.

Ciertamente, es difícil contar con todas estas condiciones en un solo momento, pero el éxito de un proceso de diálogo dependerá en gran medida del trabajo que se realice para construirlas y fortalecerlas. Si los actores logran entender la naturaleza del proceso y apuestan realmente por él, los frutos del diálogo podrán ser tangibles en término de la mejora de las relaciones, la satisfacción de necesidad e intereses legítimos de las partes, el aprendizaje intercultural y la atención de problemas de fondo de naturaleza estructural.

El Estado tiene que cumplir aquí un doble rol fundamental: canalizar los conflictos sociales de modo que se expresen y aborden pacíficamente dentro de un marco institucional, así como promover el fortalecimiento de las condiciones de base que permitan que el diálogo social rinda sus deseados frutos y se instaure como una cultura en nuestras prácticas de resolución de problemas y conflictos. Si el prestigio y la efectividad del diálogo se devalúan, estaremos abriendo las puertas a confrontaciones cada vez más estériles y violentas. Empecemos promoviendo procesos de diálogo adecuadamente construidos para la prevención de conflictos y así nos evitaremos más de una situación de crisis destructiva. El escenario que tenemos por delante hace de ésta una tarea urgente.