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Espionaje chileno al Perú: jugando al Agente 86

Como peruano confieso que debo confiar con lo señalado por el gobierno peruano, en un tema tan delicado ―aunque sí considero que ayudaría mucho tener acceso a las pruebas de estos hechos, los actos de fe me generan mucha inseguridad― y ante cualquier situación de espionaje contra el país, experimento mínimamente cierta sensación de indignación, como sucede con cualquier mortal y ha sucedido con todos los líderes y sectores políticos nacionales, salvo los familiares del sub oficial Ariza, directamente implicado en estos actos de espionaje.

 
Pero ojo, aquí viene lo interesante del juego de la desconfianza en las relaciones internacionales; ya que me pregunto ¿a qué van tantos militares a las embajadas extranjeras? ¿Van tan solo a hacer relaciones públicas? ¿Lucir sus vistosos uniformes de gala en los cocketeles de embajadas? ¿O tienen algunos “encargos” para obtener información clasificada? Ahora en tanto las relaciones entre Perú y Chile históricamente han sido complejas y últimamente accidentadas, en gran medida debido al arbitraje internacional pendiente sobre la delimitación marítima en La Haya, ¿no resulta evidente que los servicios de inteligencia de uno y otro lado deben de estar funcionando?. ¿Y no es que de la inteligencia al espionaje hay una diferencia más que todo de matices?
 
En fin, el juego de la inteligencia y del espionaje es así, todos saben que se hace pero nunca reconocerán que lo hacen. Por lo tanto, mi impresión ―y claro con esta idea estoy yendo contra la corriente de lo que el común de mis compatriotas piensa en este momento― es que estos juegos existen de ambos lados, pero que nunca se reconocerán públicamente. Y que son dos más bien los problemas a enfrentar en este negocio del espionaje: ¿Qué hacer si me detectan? y ¿Cómo hacer para que no me espíen, especialmente a través de mis propios agentes (traidores)?
 
Ese es el juego real de este negocio. Esto va a sonar muy cínico pero lo que debería preocuparnos sobremanera no es tanto que exista el espionaje, por que cuando dos naciones tienen una permanente relación de desconfianza y conflictos, eso es lo que se estila hacer. Aún así, algo que debería preocupar al gobierno peruano y a sus Fuerzas Armadas, y claro a todos nosotros, es cómo es posible que el sistema de inteligencia peruano no haya detectado el espionaje en el que participaban sus agentes desde el año 2005, según cita La República en su edición dominical del 15 de noviembre pasado.
 
Claramente estamos ante una grave debilidad nuestra (política pero sobretodo moral) y es justamente en ese tema donde debería enfocarse el actual gobierno, la clase política peruana y todos los peruanos.
 
Aunque con una mirada a largo plazo, creo fervientemente que mientras no empecemos a crear condiciones para revertir el patrón de las relaciones entre el gobierno peruano y chileno seguiremos con estos juegos de poder que a la larga no contribuyen más que a ahondar nuestras diferencias. Pensar en la política de cuerdas separadas: “lo que sucede en el ámbito económico-comercial no se verá impactado con las relaciones de otra naturaleza” es una quimera. Todo está relacionado, las relaciones no pueden desatarse porque al final se rompen. Todo está vinculado, en eso consiste la naturaleza de las relaciones justamente. Cualquier evento va a afectarlas, nos guste o no. La apuesta en el plano económico y comercial entre Chile y Perú es claramente insuficiente para generar condiciones de paz duradera y confianza entre nuestros pueblos. En un contexto menos apasionado urge que nuestros gobiernos entren en un plano de negociación de la relación y construyan una visión común a futuro de cómo deben de darse.
 
La sociedad civil no debe ser ajena a este proceso y esperar cómodamente que los cambios constructivos se den solamente desde la cúpula de poder. Sería sumamente riesgoso endosar tamaña responsabilidad a nuestros gobernantes y políticos. La posibilidad de transformar los conflictos se realiza en múltiples niveles y es allí donde las instituciones y organizaciones de la sociedad civil podemos contribuir enormemente con diversos esfuerzos a través de iniciativas de diálogo entre estudiantes, académicos, intelectuales, artistas, gremios, ONGs y otros grupos de ambos países para visionar cuál es el imaginario colectivo que deseamos ambas naciones vecinas.