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Con ustedes, el "horrible peruano” y la "horrible peruana”

Hace unos días conversaba con un amigo académico latinoamericano residente en los Estados Unidos, y me comentó que había escuchado sobre el “ugly american”, pero que nunca se había tropezado con alguien que pudiera calzar en dicha categoría, hasta hace poco. Traducido literalmente como el “horrible norteamericano”, el "ugly american" es un sujeto arrogante y prepotente, -un patán diría yo-, que suele avasallar a los demás. Mi amigo nunca había conocido uno, hasta que hace poco le tocó interactuar con un personaje de estas características, en su rol como representante diplomático de su país. Esto lo llevó a conclusión que el “ugly american” efectivamente existe, pero se encuentra agazapado y listo para lanzar el zarpazo desde ciertos espacios de poder.

Pues, creo que llegó la hora de hablar de su símil nacional, el "horrible peruano" o la "horrible peruana”. No utilizo el citado adjetivo con una connotación estética, ni mucho menos. Lo horrible de estas personas es que tienen algo realmente retorcido en la cabeza y, peor aún, en el corazón. Pueden tener o no dinero, títulos académicos y "buena presencia", pero si algo los caracteriza es que son personas con un trasfondo violento y despreciable.

En los últimos días, gracias a las redes sociales, hemos podido apreciar como hombres y mujeres, supuestamente educadas, con formación profesional, pueden llegar a demostrar esa indigna dimensión que es, lamentablemente, ejemplo de un segmento representativo de peruanos y peruanas. El "horrible peruano" o la "horrible peruana" se caracteriza, en principio, por un gran desprecio por los demás. No tiene la capacidad de empatizar con las personas, y cuando es descubierto cometiendo una falta, en lugar de reconocerla y pedir disculpas, te enfrenta desatando sus iras.

Afloran, casi naturalmente, taras heredadas de la colonia como el racismo con epítetos como “cholo/a de mierda”, “cholo/a CTM”, “acomplejado/a”, etc. Le sigue el clasismo y la apelación a la falsa superioridad, no por mérito propio, sino, por ser o estar vinculado alguien supuestamente poderoso: “no sabes quién soy yo”, “no sabes con quien te metes”, que rememora a un sistema de castas que alguna vez existió, pero que solo sigue vigente en la mente trastocada de estos individuos. Finalmente, apela a la violencia, siendo capaz de insultarte, escupirte, humillarte y hasta golpearte. Otra dimensión es la misógina de aquel patán, que abusa y maltrata a la otra persona por su condición de mujer.

Hemos visto este combo letal en el caso del hombre que orina en el auto de otra persona y, encarado, le propina una pateadura al dueño; en el de la ingeniera que golpea y le pasa el auto sobre el pie a la mujer vigía, por impedir el paso de su auto en cumplimiento de su deber; en el de la falsa abogada, ebria, que increpa a policías, los insulta y los escupe; y en el del hombre que insulta con epítetos racistas y golpea a una cajera de Plaza Vea por, supuestamente, haberle dado el cambio incorrecto. Que no nos extrañe que este perfil fácilmente nos lleve a tolerar comportamientos corruptos y sutilmente violentos contra la mujer, que tarde o temprano, conduzcan a la violencia física o verbal y al feminicidio.

Este tipo de comportamientos ameritan, primero, medidas pedagógicas para evidenciarlas, y enseñar a las personas a relacionarse y convivir bajo el marco del respeto al otro. Además, se requiere una campaña para combatir al "horrible peruano" y a la "horrible peruana", que sale a la superficie en cualquier momento, sobre todo, en el tráfico que día a día nos agobia y estresa. Del mismo modo, es necesario aplicar sanciones ejemplares para no dejar impunes las agresiones contra ciudadanos y ciudadanas, y contra los efectivos de seguridad municipal y policial. Cualquier campaña debe comprometer a las entidades estatales, las empresas, la escuela y los medios de comunicación, con el fin de educar a los peruanos y peruanas en el arte de mantener una convivencia respetuosa, recordándoles que el mejor antídoto ante cualquier error, es pedir disculpas genuinamente.