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Transformación de conflictos en perspectiva de complejidad

Por Rodrigo Arce Rojas //

Abordar un conflicto en la perspectiva de complejidad implica, en primer lugar, reconocer el sistema en cuestión. Esto significa identificar claramente sus elementos, estructuras y límites. No obstante, se reconoce que esto no siempre es sencillo porque, con frecuencia, hay diferentes subsistemas al interior que se interrelacionan, se traslapan o van paralelos; que convergen o divergen según la dinámica del sistema mayor o producto de sus propios procesos internos. Es importante reconocer esta complejidad para poder identificar el peso específico de cada elemento o proceso, y así, reconocer cuáles son los factores claves, estratégicos, catalizadores a los cuales hay que prestar atención. Una perspectiva holística no significa completud, sino, el reconocimiento de los factores que están haciendo las veces de atractores, y generan comportamientos significativos a tomar en cuenta en la transformación de conflictos.

Ahora bien, haciendo un ejercicio de abstracción y reconociendo el sistema principal del conflicto más evidente, tenemos que reconocer que un sistema siempre se inscribe en otro, tanto en una dirección microfísica como macrofísica. Desde una perspectiva de intervención para la transformación del conflicto, esto significa que debemos reconocer cuáles son los límites reales dentro de los cuales podemos actuar de manera precisa, para que podamos ver resultados concretos de la transformación en espacios y tiempos razonables.

Abordar el conflicto desde una perspectiva de conflictividad significa tener una mirada de previsión, gestión y acompañamiento; una perspectiva que integra de manera inteligente el corto, mediano y largo plazo; un compromiso con la justicia, la equidad y la sostenibilidad. Por ello, se entiende que la perspectiva de transformación de conflictos comprende las dimensiones personales, relacionales, culturales y estructurales. No se trata de elaborar soluciones coyunturales con déficit de sostenibilidad.

Si tomamos en cuenta que las personas somos complejas, el cerebro es complejo, la sociedad es compleja, el grupo es complejo, el lenguaje es complejo, entonces, tenemos que reconocer que en una situación de conflicto siempre estamos en una complejidad de complejidades. Por tanto, no podemos atender los conflictos únicamente desde perspectivas disciplinarias, lineales, reduccionistas y deterministas. Abrir el pensamiento para enfrentar la complejidad significa reconocer que estamos frente a numerosos elementos o agentes, que no sólo son diversos, sino que se interrelacionan, son interdependientes, pueden adaptarse o evolucionar, y pueden generar comportamientos emergentes que no podrían ser explicados solamente a partir de la comprensión de la conducta de cada uno de ellos.

En un conflicto las preguntas básicas son: ¿quiénes están en conflicto?, ¿sobre qué están en conflicto?, y ¿cómo afrontan el conflicto? Todos estos elementos son importantes, pero la persona humana tiene un papel preponderante en toda su integralidad. Estas personas tienen posiciones, intereses y necesidades; tienen percepciones, emociones y desarrollan acciones; tienen historias y se ubican en contextos determinados. Todo este complejo de situaciones nos lleva a reconocer la importancia de entender la dinámica de la comunicación, el lenguaje y las actitudes en el marco de la diversidad que se da, aún entre los propios actores. Por ello, es importante entender la sociodiversidad y la diversidad interna de cada grupo, género o edad.

El reconocimiento de la complejidad significa aceptar las múltiples expresiones de la diversidad, y ello implica abrirnos a todas las posibilidades. Así, se busca que los actores en pugna no se queden únicamente con pensamientos dicotómicos o binarios que reduzcan la realidad a pocas opciones. Por el contrario, se busca que tengan apertura a nuevas formas de pensar, sentir y expresarse; que desarrollen perspectivas de integración y síntesis que les ayuden a capitalizar los conocimientos, experiencias y energías que traen. Asimismo, se busca que los actores flexibilicen el abordaje de las causas y efectos, comprendiendo que estos son muy cambiantes, dependiendo del ángulo desde donde se miren, del patrón de referencia, de sistemas de creencias, y que no siempre siguen direcciones aparentemente secuenciales. En la práctica, se producen fracturas, quiebres, irrupciones y discontinuidades.

Se busca también que los actores enfrentados no se queden en los promedios, en las regularidades, en las generalizaciones, en el discurso dominante, o incluso, en el pensamiento inmediato. Se busca que sean capaces de reconocer aquellos aspectos que normalmente no han querido mirar, escuchar o sentir. Se les invita a que tengan la capacidad de aceptar y acoger afectivamente las disonancias, las perturbaciones, los elementos raros e imprevistos. Esta apertura a lo inesperado, a lo irregular o disonante, busca que cada expresión del sistema sea adecuadamente valorado. En ese sentido, se valora y recibe amorosamente cada expresión, incluso cuando pueda ser un elemento perturbador. Existen razones y motivaciones por qué existe una emoción, una expresión, una actitud determinada. Es lo contrario a desconocer, subestimar, minimizar, reducir, o incluso, a obviar. Justamente ahí, está la diferencia con perspectivas simplificadoras y dominantes.

En esta perspectiva de complejidad se busca la integración de enfoques de gestión de conflictos, gestión pública efectiva, y gestión de la seguridad humana. El tema central de la seguridad humana es la reducción del riesgo colectivo y compartido, por medio de análisis, decisiones, prevención y acciones que disminuyan -más allá de sus expresiones sintomáticas-, las causas y circunstancias de la inseguridad (Rojas y Goucha, 2002).

Se busca, además, que se entiendan los conflictos en términos de gestión territorial, para no caer en procesos transaccionales realizados, exclusivamente, entre los actores directos del conflicto, considerando que aquello que se haga, o se deje de hacer, termina afectando positiva o negativamente a otros actores y procesos presentes en el territorio. Pero también porque el objetivo no es únicamente desarrollar la capacidad para enfrentar los conflictos, sino, también avanzar hacia una cultura de paz. Como afirman Muñoz y Molina (2010), la Cultura de Paz es una respuesta que busca mayor grado de organización, de equilibrio y armonía en el conjunto de la especie, y con su medio, ya que una y otro se retroalimentan. Por tanto, como afirman los autores, podríamos aseverar que la paz significa alcanzar el máximo de equilibrio interno y, en esa medida, el menor grado de entropía; de desorden en el uso de la energía y los recursos (Ibíd.).

Transformar los conflictos, por lo tanto, significa pasar de los triunfos coyunturales -muchos de ellos pírricos-, a triunfos de la cultura democrática y cultura de paz. Implica anteponer los Objetivos de Desarrollo Sostenible, a los objetivos personales o de grupo; no sólo avanzar hacia una sociedad que aprenda a procesar sus diferencias, sino, comprometernos a desarrollar sociedades sustentables.

19/12/2016

Bibliografía citada:

Muñoz, Francisco y Molina, Beatriz. 2010. Una Cultura de Paz compleja y conflictiva. La búsqueda de equilibrios dinámicos. En: Revista Paz y Conflictos. Instituto de la paz y los conflictos. 3:44-61

Rojas Aravena, Francisco; Goucha, Moufida, eds. 2002. Seguridad humana, prevención de conflictos y paz en América Latina y el Caribe. FLACSO-Chile; UNESCO Santiago, Chile, 414 p.

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